Del campo a la
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El cerdo ibérico
se sacrifica pasados los catorce meses de edad lo que
asegura la infiltración de grasa adecuada. Después
sufre un proceso para transformarlo en jamones curados.
El ciclo completo incluye su traslado al matadero, el
despiece del animal, su paso por cámaras frigoríficas,
la estancia en los secaderos y en las bodegas de añejamiento
por último. Todo este proceso proviene de una
sabiduría antigua que convierte al jamón
ibérico en una obra de arte. Algunas claves son:
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Matadero:
El cerdo reposa en el matadero más de un día
antes de ser sacrificado de modo que recupere su tranquilidad
y su carne regularice su nivel de ph.
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Salazón:
Los jamones pasan por esta fase fundamental en la que
se apilan entre densas capas de sal gorda. Tras esto
permanecen en frío de 30 a 40 días y eliminan
la humedad superficial que pudiera quedarles.
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Secado:
La siguiente fase está dedicada a su secado natural
que intensifica su sabor. Lentamente va elevándose
la temperatura del entorno de secado para que la grasa
acabe rezumando en mayor cantidad durante los meses
de verano. Es en esta fase en la que afloran los aromas
ocultos del jamón ibérico.
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Tras seis meses,
como mínimo, los jamones se trasladan a bodegas
para terminar de curarse y afinarse. A una temperatura
inferior (8-10º) aparecen el milagro de los hongos,
los jamones estabilizan su grasa y se convierten en
un preciado manjar listo para su consumo. Han transcurrido
de 18 a 20 meses desde que el animal fue sacrificado
hasta que los exquisitos jamones alcanzan la madurez.
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